
Por Gerónimo Elortegui
Mañana es la apertura del Festival y como no recibimos invitación -ni pensábamos ir si la recibíamos-, continúo contando lo sucedido en los días previos. El 18 a las ocho y media una amiga se parapetó (usando un término policial acorde con la situación límite que se vive desde ese día y hasta el final del festival en ese horario) en la entrada del lado del pasaje Gardel en el Abasto, a las nueve y media me uní a ella; razón por la cual la señora que estaba justo detrás en la fila puso cara de pocos amigos y dejó de hablarle animadamente. Después de observar un rato largo al guardia de turno para lograr adivinar la puerta que iba a abrir y en que momento, ambos nos distrajimos y el señor de uniforme terminó abriendo la que más alejada estaba de nosotros.
Caos. Palabra justa que define lo que sucedió a continuación. Todos corrimos hacia la boletería y allí… lo surrealista. De repente la fila se había invertido y los que estaban primeros para entrar habían terminado últimos. Doña Emilse, la de los pocos amigos, que ahora estaba delante de nosotros, le gritaba a un chico que la miraba sonriente que “quién se creía que era, que cómo se había puesto ahí si había llegado a las diez menos cinco”, bla, bla… Una chica trataba de convencer a un señor que ella estaba adelante y él ni siquiera la miraba. Luego de vencer una sutil marca personal por parte de un distraído que se quería colar justo delante nuestro, le dije a mi amiga que se quedara dónde estaba y salí rápidamente hacia afuera porque creí divisar mi lista de películas volando hacia la calle. Y era cierto.
(Continuará)
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Y si eso es un lío…